
Te miro a los ojos y veo como el mundo entero se para entre las dos. No tenemos nada en común. Existe más de un abismo entre nuestras almas y un universo entre nuestras inquietudes. Nada nos une, nada nos separa. Tú y yo, yo y tú. Entre pañales, los dos éramos iguales, dos niños que lloraban por hambre, ahora somos dos jóvenes a la espera de una vida. Nuestra gran diferencia fue un segundo, aquel en el que elegimos o nos eligieron, aquel en el que nos asignaron a nuestras familias.
Ambos nacimos con las almas puras y limpias, y el mundo las fue llenando poco a poco. Dos vasijas iguales llenas de distintas ideas y esperanzas, y en el fondo tan iguales. Dos algodones libres y blancos, puros, pero desgastados por el tiempo, jóvenes pero llenos de experiencias.
Te miro fijamente. Tus manos están curtidas y estropeadas del contacto con los productos de limpieza, las mías, no serían capaces de limpiar un plato. Cada día, a la misma hora, paso por delante de la cafetería en que trabajas y pienso en cuántas cosas nos separan, y no dejo de temer que yo pudiera ser tú.
Dos gemelas, dos gotas de agua nacidas a la vez. Separadas al nacer y criadas por diferentes familias.

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